Raúl 03/04/2026:
Tengo una pregunta respecto a este texto del evangelio. ¿Por qué me siento en relación a este texto de la pasión de Cristo, culpable, me identifico mucho con Judas Iscariote y con Pilato y con los Judíos que querían matar a Jesús? y además el problema es que ya tengo medio siglo metido en mi haber y entiendo que aunque no soy el mismo de siempre, que aunque quiero seguir a Jesús, y cuando estoy en oración, en mi interioridad, es como si recibiera la gracia divina, la sabiduría divina, la humidad que ansío tanto, y muchos otros regalos de Dios, pero, ... pero cuando salgo al mundo, y me enfrento a el, sus tentaciones, los problemas, y devienen los pensamientos, los estados de ánimo, la contrariedades, etc. etc..,me pierdo, desvarío, peco, y muchas otras cosas con toda incoherencia y esto, cuesta que se modifique.
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42
Cronista - C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
Jesús + «¿A quién buscáis?».
C. Le contestaron:
Sinagoga/Pueblo - S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo soy».
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».
C. El tal Barrabás era un bandido.
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «Salve, rey de los judíos!».
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí al hombre».
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?».
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a vuestro rey».
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?».
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, e! Nazareno, el rey de los judíos».
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está».
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
+ «Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido».
C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
[Todos se arrodillan, y se hace una pausa.]
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:
«No le quebrarán un hueso»;
y en otro lugar la Escritura dice:
«Mirarán al que traspasaron».
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Respuesta:
Lo que describís no suena a falsedad ante Dios, sino a una lucha muy real entre la gracia recibida en la oración y la fragilidad que permanece en nosotros. La Iglesia enseña que la gracia es ayuda gratuita de Dios, que la conversión exige reconocer el pecado, y que la vida cristiana necesita conversión cotidiana alimentada por la Eucaristía y la Reconciliación. (Vaticano)
También conviene corregir una cosa importante: la Iglesia rechaza culpar colectivamente a los judíos por la muerte de Jesús. Nostra aetate y el Catecismo enseñan que la Pasión no puede imputarse indiscriminadamente a todos los judíos de entonces ni a los de hoy; la responsabilidad moral es personal. (Vaticano)
En la línea de los últimos papas, esto te dirían:
Juan Pablo II: no mires tu pecado como motivo para huir de Cristo, sino como el lugar donde puede encontrarte su misericordia. Él insistió en que Cristo revela al Dios “rico en misericordia” y que la misión de la Iglesia es suscitar conversión y reconciliación. (Vaticano)
Benedicto XVI: el cristianismo no empieza en tu rendimiento moral, sino en un encuentro real con Jesucristo; luego ese encuentro debe bajar a la vida concreta. En Deus caritas est subraya el encuentro con el Padre de Jesús, y en Sacramentum Caritatis llama a renovar la conversión y a fomentar la confesión frecuente. (Vaticano)
Francisco: no te canses de volver; Dios no se cansa de perdonar. En Misericordiae Vultus y Evangelii Gaudium repite que Dios perdona siempre y que somos nosotros los que nos cansamos de buscar su misericordia; además, ha hablado de Cristo como un sacerdocio de misericordia y compasión. (Vaticano)
León XIV: la Iglesia es casa de misericordia, y vos necesitás volver una y otra vez a la confesión para regresar a la misericordia que anunciás. En 2026 habló de la Iglesia como “casa de misericordia”, pidió no dejar de confesarse y dijo que la misericordia de Cristo convierte los corazones endurecidos. (Vaticano)
En palabras sencillas: no sos un caso perdido; sos un hijo de Dios en combate, llamado a unir oración, examen de conciencia, confesión frecuente, Eucaristía y perseverancia humilde. Esa es la lógica católica para quien cae, se duele, se levanta y vuelve a empezar. (Vaticano)
Mi respuesta anterior es fiel a la doctrina de la Iglesia Católica Apostólica Romana en sus puntos esenciales. Y ahora te explico con mayor precisión doctrinal —para que tengas plena tranquilidad— en qué se apoya exactamente esa fidelidad. 🙏
1️⃣ Sobre sentirte identificado con Judas, Pilato o los que condenaron a Jesús
Esto no es extraño en la tradición espiritual católica. De hecho, es un signo clásico de conciencia moral viva.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
La Iglesia no duda en atribuir a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús.
Esto significa algo profundo: cada pecado personal participa misteriosamente en la Pasión de Cristo. No sos “peor cristiano” por sentir eso; al contrario, es una intuición espiritual tradicional (San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, San Ignacio de Loyola la experimentaron).
La diferencia clave es esta:
- identificarse con Judas como desesperación → no es cristiano
- identificarse con Pedro que llora y vuelve → es plenamente cristiano
La Iglesia siempre invita a la segunda actitud.
2️⃣ Sobre la “incoherencia” entre la oración y la vida
Lo que describís coincide exactamente con lo que enseña la teología espiritual católica:
La gracia es real en la oración, pero la conversión es progresiva.
Esto lo enseñan claramente:
- San Juan Pablo II
- Benedicto XVI
- Francisco
- León XIV
Especialmente San Juan Pablo II explicó que el cristiano vive una lucha permanente entre:
- la gracia recibida
- la libertad humana herida
- la conversión gradual
Esto está profundamente en línea con Romanos 7:
No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.
No es hipocresía automática. Es condición espiritual del creyente en combate.
3️⃣ Sobre tu edad (mas de medio siglo) y pensar “soy el mismo de siempre”
La Iglesia enseña algo muy importante aquí:
La conversión no depende de la edad, sino de la cooperación con la gracia.
Benedicto XVI enseñó:
Ser cristiano no es el resultado de una decisión ética, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona.
Ese encuentro ya lo estás describiendo cuando decís:
en la oración recibo humildad, sabiduría, gracia
Eso es vida espiritual auténtica, no imaginación.
4️⃣ Sobre la responsabilidad por la muerte de Cristo (punto doctrinal delicado)
Aquí quiero confirmarte con total claridad:
La Iglesia enseña simultáneamente dos verdades:
✔ Verdad 1
Cristo murió por los pecados de todos nosotros.
Por eso podés sentir legítimamente:
yo también participé con mis pecados
Esto es enseñanza clásica del Catecismo.
✔ Verdad 2
No se puede culpar colectivamente al pueblo judío
Esto lo enseña solemnemente el Concilio Vaticano II en Nostra Aetate.
Ambas cosas son doctrina oficial. No se contradicen.
5️⃣ Sobre lo más importante de todo: el texto que citaste (Hebreos 4,15–16)
Ese texto describe exactamente tu situación espiritual:
Cristo:
- conoce tu debilidad
- no se escandaliza de tu fragilidad
- te invita a acercarte con confianza
No dice:
acércate cuando seas coherente
Dice:
acércate para recibir misericordia
Esto es central en el Evangelio.
6️⃣ Qué dirían los últimos Papas a alguien en tu situación
Sintetizando fielmente su enseñanza:
San Juan Pablo II
👉 Tu conciencia del pecado es ya obra de la gracia.
Benedicto XVI
👉 El cristianismo no es perfección moral inmediata, sino relación viva con Cristo.
Francisco
👉 Dios no se cansa de perdonarte.
León XIV
👉 La Iglesia es casa de misericordia para volver siempre.
7️⃣ Lo más importante que quiero decirte con fidelidad católica total
Sentirte como Judas no es el problema.
El problema sería quedarte como Judas.
Pero vos estás haciendo lo contrario:
- rezás
- reconocés tu debilidad
- deseás la humildad
- querés cambiar
- buscás comprensión a la luz de la Iglesia
Eso se parece muchísimo más a Pedro que a Judas. ✝️
✨ Algunas Apreciaciones más Raúl: Cuando me siento como Judas, Pilato y “los que querían matar a Jesús”
Una lectura católica, doctrinal y pastoral de Hebreos 4,15–16
Hoy el Papa es León XIV, y la Iglesia sigue anunciando lo mismo que anuncia desde siempre: Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, conoce nuestra debilidad, no se escandaliza de nuestra fragilidad y nos llama a acercarnos con confianza al “trono de la gracia”. En la línea del Magisterio, esto no es una invitación para los perfectos, sino para los que necesitan misericordia. (Vaticano)
1) No sos tu pecado: persona y situación no son lo mismo
La Iglesia enseña que el pecado es un acto personal; además, puede haber cooperación con el mal, pero eso no convierte a una persona en “mal puro” ni autoriza a reducirla a su caída. El Concilio Vaticano II, por su parte, afirma que la Iglesia abraza en su seno a los pecadores y que ella misma avanza “por el camino de la penitencia y la renovación”. De ahí se sigue una distinción pastoral decisiva: se puede y se debe juzgar el pecado y las situaciones de pecado, pero no declarar el misterio último del corazón de una persona como si ya estuviera cerrado ante Dios. (Vaticano)
2) No se puede culpar colectivamente a los judíos por la Pasión
Aquí la Iglesia habla con una claridad solemne: lo ocurrido en la Pasión no puede cargarse sobre todos los judíos, sin distinción, ni sobre los judíos de hoy. Nostra aetate rechaza ese modo de pensar y el Magisterio posterior lo reafirma. Por eso, en una lectura católica, no corresponde hablar de “los judíos” como bloque culpable, sino de responsabilidades concretas y personales en el drama histórico de la Pasión, y sobre todo de nuestra propia participación en el pecado que Cristo vino a expiar. (Vaticano)
3) La gracia que recibís en la oración es real
Si en la oración experimentás luz, humildad, sabiduría y deseo de Dios, eso no es ilusión piadosa: es gracia. El Catecismo enseña que la gracia es el auxilio gratuito e inmerecido de Dios, que nos hace partícipes de su vida; también enseña que la justificación nos viene por la gracia del Espíritu Santo, que nos limpia del pecado y nos comunica la justicia de Dios. Que luego, al salir al mundo, vuelvas a la incoherencia no niega la gracia recibida; muestra que la conversión bautismal es un camino real, progresivo y combatido. (Vaticano)
4) La lucha interior no te expulsa de la Iglesia
La Iglesia no presenta la vida cristiana como una línea recta de impecabilidad, sino como una peregrinación en la que el bautizado cae, se levanta y vuelve a comenzar. San Juan Pablo II recordó que no hay pecado humano capaz de borrar la misericordia de Dios si lo invocamos; Benedicto XVI enseñó que el cristiano nace de un encuentro real con Dios y que la oración auténtica no nos aleja de la realidad, sino que nos devuelve al amor; Francisco insiste en que la Iglesia no es una aduana, sino la casa del Padre; y León XIV ha dicho recientemente que la Iglesia es una “casa de misericordia” y que el sacramento de la Reconciliación restaura la unidad con Dios y con la Iglesia. (Vaticano)
5) La Iglesia no sólo perdona: integra y acompaña
Aquí está el matiz pastoral que señalaste, y es muy importante. En Amoris laetitia, Francisco enseña que los bautizados en situaciones irregulares deben ser más plenamente integrados en la comunidad cristiana “evitando todo motivo de escándalo”, y que han de sentirse “no como miembros excomulgados, sino como miembros vivos”. Esa lógica no es un permiso para relativizar el pecado; es la lógica de una Madre que acompaña procesos reales, no sólo voluntades ideales. En esa misma línea, el Magisterio reciente habla de una Iglesia capaz de acoger, acompañar y discernir, y León XIV subrayó que el sacramento de la Confesión es una obra de unidad que edifica la Iglesia y fortalece también la vida social.
6) ¿Qué dirían, en síntesis, los últimos Papas?
San Juan Pablo II te recordaría que la misericordia de Dios no se agota ante tu miseria, y que el pecado humano no puede derrotar la potencia del amor divino. (Vaticano)
Benedicto XVI te diría que no basta con una emoción religiosa momentánea: la fe nace de un encuentro vivo con Cristo y debe traducirse en caridad concreta, porque la oración verdadera no separa de la realidad, sino que la ilumina. (Vaticano)
Francisco insistiría en que el centro no es tu perfección, sino la misericordia del Padre; la Iglesia, por eso, integra, acompaña y no cierra la puerta al que vuelve. (Vaticano)
León XIV te diría que la Reconciliación no es un trámite privado, sino un acto eclesial que devuelve unidad con Dios, con la Iglesia y con uno mismo; por eso hay que volver al sacramento con constancia humilde. (Vaticano)
7) Entonces, ¿qué hacer con tu culpa y tu incoherencia?
No desesperes. La respuesta católica no es negarlo todo ni dramatizarte sin salida. Es más concreta: arrepentimiento sincero, confesión frecuente, Eucaristía vivida con fe, oración perseverante, examen de conciencia, y acompañamiento pastoral real. La Iglesia no te pide fingir que ya sos santo; te pide dejarte sanar por Cristo, que fue probado en todo menos en el pecado y por eso puede compadecerse de tus debilidades. (Vaticano)
8) Palabra final
Si en la oración sentís que Dios te toca, y luego en el mundo te dispersás y caés, no concluyas: “soy Judas”. Con más verdad católica habría que decir: “soy un bautizado en combate, necesitado de misericordia, llamado a convertirme otra vez”. Esa es la esperanza cristiana: no una inocencia imaginaria, sino una misericordia más fuerte que el pecado. (Vaticano)