Un santo desconocido:
Del matrimonio de José con María, de su paternidad adoptiva sobre Jesucristo, derivan su dignidad, su favor, su santidad, su gloria.
Al hablar de la infancia de Nuestro Señor Jesucristo, san Mateo se refiere a san José como descendiente de David. El evangelista alude a su genealogía remontándola no sólo hasta el gran rey, sino al mismo patriarca Abraham, padre de naciones.
El Verbo eterno de Dios cuando quiso venir a este mundo lo hizo con tanta naturalidad, que eligió a una Madre, la Santísima Virgen. El Reino que venía a instaurar era muy distinto del que pretendían las ambiciosas aspiraciones mesiánicas de muchos hebreos. Dios vino escondido y permaneció escondido durante mucho tiempo: treinta años. Y para ser un hombre más entre los hombres, necesitó un hogar y eligió a María como Madre, y a san José como cabeza de familia, de modo que era considerado, según se creía, hijo de José (Lucas 3, 23).
Modelo de esposo y padre
A san José se le encomendó la misión de más alta responsabilidad en la historia humana, ser esposo de la Santa Virgen María, ser padre de Dios hecho Hombre y custodio de la Sagrada Familia. Cumplió cabalmente las tres cosas, dejando claro, para las generaciones futuras, que el amor conyugal y filial es paralelo al amor divino. San José amó a su familia pero, por sobre todo, amó a Dios. San Juan llama "hijo de José" a Nuestro Señor Jesucristo: "Felipe halló a Natanael y le dijo: "Hemos encontrado aquel de quien escribió Moisés en la Ley de los Profetas. Es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret". (Jn. 1,45); "y decían ¿Este Jesús, no es el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre" (Jn. 6, 42). Y si bien, como hemos dicho, no fue su padre natural, lo adoptó como tal y Aquél que vino al mundo, a redimirnos del pecado se sometió a su autoridad, como corresponde a todo vástago ante la figura paterna.
El Papa Pío XI, en una alocución de 1928 decía: "Sobre el santo Patriarca recayó la misión de custodiar la virginidad, la santidad de María; la misión de cooperar - único llamado a participar del conocimiento del gran misterio escondido a los siglos - en la Encarnación divina y en la salvación del género humano".
San José llevó a cabo esta triple misión con una fidelidad ejemplar. Sostuvo con su trabajo y cuidado la infancia de Jesús, ya que le había dicho el Ángel en sueños: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo [...]. Con eso, José, al despertar, hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor y recibió a su esposa" (Mt. 1, 20 - 24).
La misión de José respecto al Niño Jesús fue la que todos los padres tienen, de sostenimiento y educación. Con su trabajo esforzado, sin brillo en lo humano - un pobre artesano de una pequeña aldea - cubrió durante años las necesidades de aquella familia que le había encomendado el Señor, de tal modo que llevó a efecto la paternidad del corazón mejor que otro cualquier padre carnal. Precisamente, como decía Pío XI, "toda la santidad de José reside en el cumplimiento y fidelidad hasta el detalle de esta misión tan grande y tan humilde, tan alta y tan escondida, tan brillante y tan circundada de tinieblas".
Maestro de vida interior
San Mateo nos lo presenta siempre obedeciendo: "José al despertar, hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor" (Mt.1, 24), también en condiciones difíciles: "Levantándose José tomó al niño y, a su Madre, de noche y, se retiró a Egipto" (Mt. 2, 13). De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida: al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.
Obediencia, humildad, espíritu de servicio, laboriosidad, son las virtudes del santo Patriarca, quien después de la jornada, volvía a su casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tareas.
Pero el nombre de José significa, en hebreo Dios añadirá. Dios añade a la vida santa de los que cumplen su voluntad dimensiones insospechadas.
No recibió Jesús de su padre adoptivo más que amor abnegado, sacrificio hasta el limite; un amor afectuoso de padre a hijo, a quien prefería sobre cualquier otro amor, de modo exclusivo, y por eso mismo, el amor más libre y meritorio que cualquier otra criatura, fuera de la Virgen, pudo ofrecer a Dios. La fe y la esperanza de José fueron plenas: en sus brazos tenía hecho niño el que era Dios; escondido, débil, al que era la esperanza de todos los pueblos, el Salvador, el Omnipotente.
Siervo fiel y prudente fue José en sus servicio a Jesús y a María. Justo, perfecto, son las alabanzas que la Iglesia le dedica: el justo florecerá como la palma (Ps 91, 13); y la santidad de José se elevó como las palmeras exuberantes del Oriente. Lo santificó Dios por medio de su fe y mansedumbre y lo tomó entre todos los hombres: José pasó oculto toda su vida, y pasó oculto también en su muerte.
Cuando sus servicios no son necesarios, desaparece.
No lo narrara el Evangelio, pero es seguro que fue conocido antes de que iniciara Jesucristo su vida pública. Todavía se acordaban de él, a poco de empezar el Señor su predicación: "¿No es éste el hijo de José?" (Lc. 2, 22).
Dejó cumplida su misión, con la misma humildad con la que había iniciado. Murió lleno de amor, entre Jesús y María.
Ejemplo de varón justo
San José, ejemplo vivo de existencia interior, de virtudes y bondad, encarna el paradigma del individuo devoto, obediente y temeroso de Dios. Pero por sobre todas las cosas es modelo de paternidad.
Decía el Papa Juan Pablo II antes de rezar el Angelus el 17 de marzo de 2002: "La fe alimentada en la oración: este es el tesoro más precioso que nos transmite san José. En su senda se han puesto generaciones de padres que, con el ejemplo de una vida sencilla y laboriosa, han impreso en el espíritu de sus hijos el valor inestimable de la fe, sin el cual cualquier otro bien corre el riesgo de ser vano.
Ya desde ahora quiero asegurar una oración especial a todos los papás, en su día: pido a Dios que sean hombres de robusta vida interior para cumplir de manera ejemplar su misión en la familia y en la sociedad".
Patrocinio sobre todas las familias cristianas
Por san José somos conducidos directamente a María, y mediante Ella a la fuente de toda santidad, Jesús, quien con su trato consagró en José y María las virtudes domésticas. hacia estos grandes ejemplos deben volverse las familias cristianas para que, protegidas en su pureza y en su fe, difundan una nueva sangre por todos los miembros de la sociedad humana. Así, no solo se seguirá la enmienda de las costumbres privadas, sino también de la vida común y de la disciplina civil (f. papa Benedicto XV, Motu Propio del 25 de julio de 1920).
Acudamos pues a san José que nos socorre en todas las necesidades y bajo cuya protección santa Teresa de Jesús colocaba la situaciones más serias y difíciles, segura de que le mostraría con su poder, tan grande como su bondadad, la solución. Cf., Vida de Santa Teresa de Jesús.
Fuente: Semanario Cristo Hoy - Pbro. Dr. Jorge A. Gandur
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Oración de la humildad de San José
Enséñanos José:
- Cómo se es "no protagonista";
- Cómo se avanza, sin pisotear;
- Cómo se colabora, sin imponerse;
- Cómo se ama, sin reclamar.
Dinos José:
- Cómo se vive, "siendo número dos";
- Cómo se hace cosas fenomenales, desde un segundo puesto.
Explícanos José:
- Cómo se es grande, sin exhibirse;
- Cómo se lucha sin aplauso;
- Cómo se avanza, "sin publicidad";
- Cómo se persevera y se muere, sin esperar un homenaje.
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San José
José ha pasado en silencio por las páginas evangélicas. Es sólo —y nada menos— un creyente que presta atención al Dios que se le muestra en los sueños, que se admira ante la presencia del misterio en su hijo. José es el hombre de la escucha y del silencio.
Esposo de la Santísima Virgen María,
patrono de la Iglesia universal
y de los seminarios
Nazaret, siglos I a.C.-I d.C.
En la solemnidad de San José, la liturgia de las horas nos ofrece un sermón de San Bernardino de Siena, en el cual se presenta al carpintero de Nazaret como una especie de eje entre los dos testamentos: José viene a ser el broche del Antiguo Testamento, broche' en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa».
José pertenecía al linaje de David (Mt 1, 20; Lc 1, 27 y 2, 4). Las tradiciones evangélicas discrepan al darnos el nombre de su padre, bien porque apelen a la ley del levirato, bien porque una de ellas se refiera al abuelo. Era hijo de Jacob (Mt 1, 15-16) o de Leví (Lc 3, 24). Para los cristianos no es más que un anillo en las listas genealógicas.
José es el hombre de la escucha y del silencio. Es el que, en los sueños, descubre el proyecto de Dios, como lo había hecho el patriarca José, vendido por sus hermanos (Gn 37, 6-9).
José es el creyente que, al cumplir la Ley del Señor, descubre la llegada del tiempo del Espíritu de Dios. José es el padre que, al buscar a su hijo perdido, descubre el misterio de la paternidad de Dios.
El hijo del carpintero
[…] Después del viaje a Jerusalén en el que Jesús se manifestó a los doctores de su pueblo, toda la familia volvió a Nazaret. Continúa el silencio. El texto evangélico resume aquellos años en una escueta observación: «Jesús vivía sujeto a ellos. Progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres», (Lc 2, 52). Si María guardaba todas estas cosas en su corazón, es de suponer que también José meditara en su interior los acontecimientos, ordinarios y silenciosos, que se desarrollaban ante sus ojos.
José de Nazaret es calificado por los Evangelios como un tecton, un artesano de la madera. Era un carpintero e hizo de Jesús un carpintero, como sabemos por los comentarios que la gente le dedica cuando, ya adulto, vuelve a la aldea de su infancia: «,¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (Mc 6, 3).
Otra tradición evangélica recuerda estos detalles de la familia al presentar la misión profética de Jesús «Al comenzar su vida pública tenía unos treinta años, y era según se creía hijo de José» (Lc. 3, 23). A continuación, Lucas incluye la genealogía ascendente de Jesús.
Sus orígenes y actividad son también evocados en la presentación que de él hace Felipe a Natanael: «Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1, 45). Esas palabras nos han parecido siempre una primera confesión de la fe cristiana. La búsqueda de los hombres, tema característico del Antiguo Testamento, termina en Jesús. Él es el anunciado por la Ley y los profetas. Pero el esperado no es un ser evanescente, tiene raíces personales y locales. Ante las desviaciones, demasiado espiritualistas, de algunos cristianos de los primeros tiempos era preciso afirmar la realidad encarnada del Verbo de Dios. Y entre otros procedimientos, el evangelista apela también al de su filiación y al de su lugar de origen. Creer en el Verbo de Dios exige identificarlo con el hijo de José de Nazaret.
José era considerado corno una prueba de la humanidad del que se proclamaba Camino, Verdad y Vida. Nazaret se convertía así en una especie de «lugar teológico».
Estos orígenes no fueron olvidados por el Maestro. Jesús volvió un día a su tierra y a su aldea. Enseñaba el sábado en su sinagoga, de tal manera que sus vecinos decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacob, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto? Y se escandalizaban a causa de él. Mas Jesús les dijo: "Un profeta sólo en su tierra y en su casa carece de prestigio". Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe» (Mt 13, 54-58).
El estilo de las escandalizadas admiraciones nos hace suponer que seguramente José no vivía ya por entonces. Pero su paternidad seguía siendo una referencia obligada para Jesús. Y un escándalo. Ya no por el modo de su nacimiento, sino por la imposibilidad aparente de que el hijo del artesano pudiera presentarse como un profeta, como tal profeta. Los hermanos y hermanas de Jesús pueden muy bien ser parientes cercanos, miembros de la familia amplia con la que Jesús había transcurrido su niñez.
José ha pasado en silencio por las páginas evangélicas. Es sólo —y nada menos— un creyente que presta atención al Dios que se le muestra en los sueños, que se admira ante la presencia del misterio en su hijo, que pasa a su hijo la herencia mesiánica de David y la raíz de humanidad que él ha querido abrazar para siempre, ¿Qué sentido podrían tener sus palabras ante aquel que era la Palabra hecha carne en su propio hogar?
Jose-Román Flecha Andrés.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director), Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.


