Hermanos:
Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: las mujeres, a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia:
Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.
Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».
Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.
Reflexión
El texto de la primera lectura perteneciente a una de las cartas llamadas deuteropaulinas, atribuida por tanto a un discípulo de Pablo, forma parte de una serie de exhortaciones sobre la moral familiar (5,21-6,9). Aunque hay ciertos elementos que nos pueden chocar, no podemos prescindir del hecho de encontrar aquí uno de los “códigos domésticos”, formas literarias clásicas que se hallan ya desde Aristóteles en los filósofos éticos helenistas con una serie de recomendaciones para los distintos grupos de la “casa” o “familia” y que son asumidas en el NT tras recibir la impronta cristiana.
Hay que tener en cuenta que la Palabra de Dios se encarna en el contexto cultural y en ocasiones viene envuelta en valores o contravalores de la época, en este caso de una antropología androcéntrica que sitúa a la mujer en un segundo plano respecto al varón.
No obstante, a pesar de esas expresiones que nos chirrían, como la sumisión de la mujer al marido, parece haber al final algunos elementos correctivos que desde la moral cristiana matizan esas afirmaciones exhortando al amor mutuo: “cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido”.
En medio de todo este contraste sobre las relaciones entre los miembros de la casa, también encontramos algunas perlas teológicas, en este caso eclesiológicas, al presentar la bella y sencilla imagen del amor matrimonial como símbolo del amor de Cristo a su Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla.”
El esfuerzo que hace este discípulo de Pablo que baila entre lo cultural y lo contracultural del mensaje de Jesús nos lleva a preguntarnos: ¿Somos nosotros capaces de desmarcarnos de las contaminaciones culturales en nuestra antropología, teología o nuestra vivencia de la fe?
Fuente: Hna. Mariela Martínez Higueras O.P.
Congregación de Santo Domingo . https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/